Los cadáveres no pueden quedar en la cruz porque se acerca el sábado.
Como Jesús ya ha muerto, solo le atraviesan el costado con una lanza.
Dos de sus discípulos han obtenido el permiso de la autoridad romana. Se acercan a la cruz, y ayudados por otros discípulos le desclavan con cuidado y veneración. Lo descuelgan de la cruz.
Al pie esta la Madre, lo recibe en sus brazos, y recuesta en su regazo el cuerpo sin vida de su Hijo.
¡Qué imagen de amor y dolor!
Ahí queda expresada la piedad y ternura de una Madre que contempla, siente y llora la figura de su Hijo martirizado. Se cumple la predicción de Simeón: la espada acaba de atravesar el alma de María.

