Los discípulos toman el cuerpo de Jesús de los brazos de María.
Lo envuelven en una sábana limpia.
Lo llevan a un sepulcro nuevo, y allí lo entierran.
Hacen rodar una gran piedra para bloquear la entrada del sepulcro.
Y regresan todos a la ciudad, a Jerusalén. La Madre inmersa en la tristeza y la soledad, pero seguramente con un punto de esperanza: la certeza de que su Hijo resucitará, tal y como El mismo había dicho.
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